Pocos rastros tan humanos han destacado en
nuestra longeva historia. Pocas veces una pisada reúne tanta carga simbólica. Muy
pocas veces las escasas palabras vertidas por una determinada persona quedan
depositadas en el subconsciente de todos nosotros, incluso hasta en quiénes pesa
más el sub que la propia consciencia.
Se ha marchado el “hombre de la luna”. Nos ha
dejado aquel que logró encaramarse al punto más alto desde el cual se nos puede
ver. Desde ese punto en el cual todos somos pequeñitos y los problemas y las
estupideces que los generan, aún lo son más.
Gracias a sus palabras aprendimos la
insignificancia del hecho humano. Somos una mota de polvo en el interior de un
vasto castillo, cuyas puertas aún nos resultan desconocidas.
Y lo serán siempre, porque no evolucionamos.
No sabemos superarnos a nosotros mismos. No logramos dar importancia a aquello
que debe merecer nuestra atención y, en cambio, dispersamos nuestro intelecto y
nuestra preocupación con acontecimientos banales, amenudo zafios, de escaso
porte, alejados siempre de cualquier espíritu propio de superación. Para
comprobarlo sólo tenemos que elevar nuestra cabeza y dar un giro de 360 grados
en forma de periódicos, revistas, radios, televisores o conversaciones en la
calle, en la escalera, en el trabajo o en la puerta de un bar.
¿ Dónde se encontrará
ese “gran salto para la humanidad” del que nos hablaba el bueno de Neil ?.
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