En estos días en los que el zarpazo del terrorismo nos ha atizado, pero bien, surgen una multitud de ideas y de pensamientos en torno a todo ello.
Principalmente, cómo puede una sociedad civil, que sabe y puede elegir a sus representantes (sociedad política) cada cierto espacio de tiempo, deshacerse de una amenaza concreta contra ella, y que ha visto que, efectivamente, resulta ser seria porque la misma ha segado la vida de más de un centenar de ciudadanos que ya no podrán elegir a quiénes les representen.
Y en la búsqueda interior de soluciones advierto el comentario que un tercero lanza al escuchar del noticiero nocturno, en prime time, que el Presidente de la República de Francia ha ordenado el bombardeo directo sobre posiciones concretas de la banda que ha organizado la masacre de París, como una reacción en defensa legítima por el daño soportado. Esto es, aquel "esta persona está mal de la cabeza" despierta en mi el interés por saber si este tercero, que como yo muestra atención por los titulares del día del Informativo, realmente dispone de la solución frente a la situación que actualmente sufre el llamado Occidente. Claro, viniendo a mi cabeza imágenes de quiénes enarbolan banderas negras con letras blancas, que no acierto a entender (cuestión de idiomas), representantes, parece ser, de un, parece ser, Estado, la curiosidad se multiplica hasta el infinito y más allá, como se dice en la célebre película sobre la historia del un juguete, de Pixar.
Es decir, el choque entre una sociedad civil que es libre, esto es, entre ciudadanos que pueden deambular por sus calles y plazas con libertad y tranquilida, que pueden escuchar música, acudir a teatros, que pueden hacer compras en comercios, que pueden vestir ropas de múltiples tonalidades y modalidades, que pueden conducir, que pueden tomarse un café y fumarse un cigarrito, una copita, que pueden practicar deporte al aire libre, que pueden ir a la playa y lucir el último modelo adquirido, en consonancia con cuerpo, tomar el sol sobre su piel, dejarse o no barba, portar gafas, montar en bicicleta, casarse, separarse, divorciarse, amarse al aire libre, que pueden disfrutar de barbacoas en playas o jardines, que pueden coger un autobús, un taxi, un tranvía, un metro, un carruaje, que pueden leer aquel libro o revista que más se acerque a su pensamiento o gusto por un ocio concreto, que pueden acudir a conciertos, cantar en las calles aquello que les plazca, en fin, hombres, y mujeres, sí, sí, también mujeres, ... frente a hombres (seguro que mujeres ya no) que pueden hacer actividades sí, pero muchas de éstas desgraciadamente no. Y que no han tenido, siquiera, oportunidad de elegir libremente a quiénes prohíben dichas actividades y conductas.
Claro, aquí surge habitualmente la demagogia de turno, que tanto me hastía,porque los hechos son los hechos, la realidad es una. No cabe entrar en ella ahora.
Pues eso, que no escuché yo la solución al tema, y mira que obtener la misma resulta muy importante. Sólo el improperio. Vamos, que terminé mi consumición, pagué la misma como es debido, y me despedí educadamente, mientras al salir observaba en la calle al operario municipal regar los maceteros, no se nos vayan a perder las flores que lo mismo las necesitamos.
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