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viernes, 6 de noviembre de 2015

URBANIDAD

Apenas 5 minutos a la puerta de un ambulatorio, en espera de ser recogido, sirven para observar el lastre que llevamos hoy en aspectos tales como el llamado “saber estar”, aquello tan simple del saber comportarse correctamente en distintos ámbitos y con quiénes nos rodean. Reconozco que cada vez lo llevo peor. 


Varias conductas de terceros han llamado mi atención, por supuesto desconocidos, por supuesto "peinados" y también "despeinados", porque en esto tenemos de todo.

Observo a uno de mi especie que cruza la calzada, desde la acera de en frente, directo a la entrada. No advierte, creo, que baja ya un vehículo y que, por su conducta, ha de frenar su marcha, reducir, so pena de mayores males. En realidad advertido estaba porque su mirada retadora ahí estaba.

En segundos advierto a otro de mi especie que tras inhalar una profundísima bocanada a su cigarro rubio, y a buen ritmo en su transitar, lanza al aire lo que en sus dedos recogía. Y, claro, todo lo que sube, cae, cuestión de gravedad. Lástima no quedara dentro de la papelera situada en la mismísima entrada del edificio. Conducta ésta absolutamente justificada, claro, pues ya sabemos que acudir al centro médico estresa, altera, y no caemos en estos pequeños detalles. Ni siquiera evitar introducir en el interior del edificio el humo de la última calada (dentro no se puede fumar) y no percibimos que quiénes ya están dentro no gustan, no tienen por qué oler lo que de suyo desagrada.

Aparecen dos cordialmente apagan su cigarro y ello contra la papelera en sí y no ya contra la zona de la misma dedicada especialmente a dicho aspecto, dejando así un recuerdo sobre la misma al modo grafitero más cutre. Al menos las colillas han entrado dentro. Canasta. Han sido 2 puntos.

Esto es divertido. La espera en mi recogida resulta entretenida. Aparece otro de mi especie, un “reciénlevantao”, quién en el primer escalón del acceso, y tras rugoso y seco sonido nasal, gira su cuello para enviar un recado a la acera, lleno de gérmenes, líquidos, colores y pastosidad, y todo ello en clara invasión de la zona de tránsito de otra visitante. Este episodio eleva ya la conducta analizada a niveles de ser enmarcada. Por supuesto, no hay disculpas.

Aquí viene otro de mi especie que detiene su vehículo en la zona cercana a la acera, justo en frente de la entrada, zona reservada a ambulancias. La única legitimidad que atesora es su indumentaria de "currela" del servicio sanitario (por el chaleco reflectante, mantenimiento diría yo) además del anagrama que porta la pared lateral de la camioneta. Y conforme a la misma, su pseudolegitimidad, este vehículo queda estacionado en tierra de nadie, esto es, entre la zona reservada y la propia calzada, en una maniobra que resultaría digna del autógrafo que lanza el batiscafo policial a quiénes mal estacionan en las distintas calles de la villa. En fin, será por espacio. La zona reservada tiene sitio para cuatro vehículos y este ha quedado en el medio de la misma y en la forma descrita. Es que estacionar en forma correcta verdaderamente cuesta, y mucho. Y tratar de hacerlo bien, todavía más.

Todo tiene su término, lástima, ya vinieron por mi. Mi rato tan entretenido sirve al subsiguiente diálogo, de modo que estas conductas descritas se ven incrementadas por la experiencia obtenida en otros lares.

En efecto, pensemos en quiénes siendo de mi especie depositan sus pies, o zarpas, sobre el asiento del bus (porque también en casa ponemos los zapatos encima de cojines o sofás) perjudicando el acceso de terceros al asiento que debiera quedar libre. O incluso pensemos en "valientes" de nuestra especie que continúan sentados en el metro o bus a pesar de tener contiguos a ellos, y en vertical, a personas que le adelantan en un montón de años, estando el habitáculo completísimo.

O pensemos también en quiénes invaden el espacio delimitado por la raya sita en el suelo de la oficina bancaria o postal, de modo que quiebra la pretendida intimidad de quién en ese momento realiza gestiones en el mostrador. Y no será ya porque sean ambos conocidos, o porque desarrolle un pretendido gesto solidario de soporte o consultoria.


y qué decir de quiénes, también miembros de mi especie, que optan por emular a barítonos o tenores de renombre por las calles y plazas a altas horas de la noche sabiendo que su aforo colgó el cartel de vacío por cuanto el respetable duerme con placided interrumpida.

Son tantas las heroicidades de quiénes forman parte de mi especie que podrían escribirse innumerables renglones al respecto. Lástima que estos hechos, que estos gestos, no sean llevados a los jardines de infancia, a las aulas de primaria, para que nuestros infantes puedan observar aquello que no debieran nunca hacer, aquello que les hace pertenecer a una especie de la cual merezca la pena no enorgullecerse hoy en día. Es cuestión de urbanidad, mi querido doctor. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

...ay la añorada buena educación...

Anónimo dijo...

...detalles de progresivo regresión de la especie...