Sirvan
unas notas musicales para parar el mundo. Sirvan unos acordes de guitarra para
lograr quietud, en niños y mayores. Sirvan sonidos armónicos para despertar lo
bueno que llevamos dentro, sean estos obtenidos por la vibración de las cuerdas
de un arpa, por el fluir del aire entre los agujeros de una flauta, o el simple roce del
arco sobre las cuerdas de un violín o de un cello.
Decía
Platón en el libro tercero de su obra La República, que la música es alimento
de la virtud por eso, “toda conversación sobre la música debe llevar a lo
hermoso”. Y es verdad, es así.
La
música es ese trozo del alma del ser humano que, en algún momento, fue
arrancado sin saber el mal que con ello se hacía. Los malos dioses sabían que,
con ello, nuestra especie dejaba de ser infinita, plena, que vendría a ser
limitada. Que con ello restaban plenitud a la gran obra que somos. Porque, se
diga lo que se diga, somos una gran obra. Lástima que ese trozo arrancado sea
más grande en unos que en otros. Así nos va.
Variedades
hay muchas pero, procul dubio, sin lugar a dudas, todos tenemos una música,
todos tenemos un sonido armónico que nos detiene, que nos reconforta. Más intensa
o más calmada, pero todos tenemos nuestra música.
Engrandece
pensar que quiénes saben crear música, en realidad, empequeñecen la ausencia
del trocito aquel que nos fue arrancado. Esto es, acortan la diferencia que ese
hueco nos lastra aún hoy. Y lograr rellenar ese espacio, tiene su mérito.
Debiéramos
aprender a crear música, debiéramos saber generar melodía y armonía y, lo
mejor, trasladar a diario al resto el producto logrado. Nos iría mejor. Nos haría
mejor.
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