Todos
sabemos que la música inspira, cualquier música, la que sea, la que a uno
guste. Y es verdad.
Y
es que repasando el vasto mundo del cancionero patrio he topado con la bonita
canción de Christina Rosenvinge que pone nombre a esta entrada. Inevitablemente
ha saltado hacia mí aquello que inunda estos días los periódicos y demás
informativos, y no me refiero a lo de Gibraltar (eso vendrá otro día, que en
esto ando yo un tanto caliente).
Siria
y el gaseado atroz realizado por el dictatorial régimen de Asad ha demostrado
no ya sólo aquello de la miseria humana y de qué estamos, en realidad, hechos, la
inmundicia del género humano, sino también la incapacidad nuestra de alcanzar
acuerdos. Lástima.
Mi
punto de atención lo traslado a uno de los innumerables ejemplos que estamos
observando a raíz del caso sirio, que esperemos pronto logre una solución y,
con ello, se detenga el sufrimiento de inocentes.
Resulta
admirable cómo los británicos entienden la democracia y, principalmente, el
derecho a la representación política.
Y
lo acabamos de ver con el primer ministro Cameron al acudir al Parlamento a
comentar aquello de la posible acción militar sobre Siria, recibiendo una
negativa, no vinculante, pero negativa, de quiénes se encuentran en la Oposición
y también de personas de su propio partido, los tories. Aquí la grandeza.
Y
esto es así porque cuando un ciudadano de la gran bretaña deposita su voto en
favor de quién quiere representarles no lo hace de forma ad infinitum, o por
entendernos, como un voto en blanco o con patente de corso. No. Y quién resulta
elegido en ese distrito lo sabe. Y sabe que sólo él, entre otros aspirantes, ha
conseguido acceder al Parlamento y que sólo a él se le pedirá cuentas en su
distrito en las próximas elecciones. Sabiendo esto, ¿ va a plegarse a las
oscuridades y entresijos que quieran hacerle tragar desde el interior de los
despachos por individuos que dirigen su formación política, en algún caso, sin
ni tan siquiera haber sido elegidos por el pueblo ?.
Nosotros,
en cambio, dependemos de asambleas legislativas representativas, a las que
acuden personas elegidas en cada distrito sí pero a partir de la Lista que cada
partido político ha preparado para el mismo, cerradas a cal y canto. Esto es,
quién fue elegido por un distrito sabe que, tragando lo que se le indica desde el
interior de un despacho, continuará en la poltrona y pisando moqueta por cuanto
sus dirigentes le incluirán en el listado. Ya sabemos, hoy quién se mueve, no
sale en la foto.
Curiosamente
Carme, que se nos va no sé si a hacer las américas o a alejarse del hedor que desprende nuestra clase
política hoy en día, se desmarca diciendo que nuestro sistema institucional
necesita ser retocado (imagino que pensará en la viabilidad del senado, de los
tribunales varios (…de la competencia,
de la energía, o de la nada, vamos,…), o de las comisiones nacionales de turno
o de esos organismos inútiles en donde tan bien están amiguetes y conocidos. Y,
principalmente, Carme, ha denunciado la necesaria superación del actual sistema
partidista, esto es, que se dé paso a la verdadera representación de los
ciudadanos por encima de los partidos políticos.
Chapeau,
carme. Es exactamente lo que vengo defendiendo hace tiempo y lo que me lleva a
pensar que la democracia en la que hoy vivo dista mucho, por lejanía, de la que
debiera ser.
Cuánto
nos queda aún por recorrer. La distancia, hoy por hoy, no resulta adecuada.
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