No
puedo dejar de comentar la noticia leída hoy (http://www.elcorreo.com/vizcaya/v/20120907/vizcaya/tres-detenidos-robo-violencia-20120907.html)
referente al desánimo que genera en los cuerpos y fuerzas de seguridad la
constante puesta en libertad de aquellos que vienen siendo reiteradamente, una y otra vez, “amigos
de lo ajeno”, pero aderezado con la fuerza. Esto es, no solo hurto, también delito. Tanto les gusta que no dudan a la
hora de emplear su fuerza sobre las cosas o sobre las débiles personas
(ancianos en su mayoría).
Estos
policías, a quiénes todos nosotros pagamos sus sueldos con nuestros impuestos,
desarrollan una eficiente labor en el mantenimiento del orden público y la
seguridad. Y muchos creemos en su magnífica labor y, por ello, no cuestionamos
que de nuestra aportación al llamado “bien común” se detraiga una parte para ser
destinada a la seguridad, el orden público, en definitiva, al mantenimiento de
la tranquilidad.
Claro
esta creencia comienza a desmoronarse cuando leemos noticias como esta.
Vamos
a ver, los propios servidores, que se juegan su propia integridad en el
cometido que le ocupa, se quejan del resultado final de su actuación, de la
escasa productividad obtenida cuando observan cómo los impresentables detenidos son
puestos, en horas, en la misma calle donde, por cierto, vuelven a hacer de las
suyas. Y, claro, otros servidores públicos, que de suyo visten todo de negro y
a quiénes también pagamos sus sueldos con nuestros impuestos, deciden escurrir
el bulto y facilitar la salida a la rue cercana a quiénes reiteran y reiteran
que les gusta lo ajeno.
Y
mientras, el pobre abuelete o la entrañable abuelita, que vieron como se le
arrancaba su cadena, su reloj, y fueron a parar de bruces contra el adoquín o
la baldosa (con lo que ello supone) o al vecino a quién le entraron en su
vivienda (a veces estando incluso dentro), observan toda esta película, de serie B claro.
Ya
sé que es este un tema que a muchos les gusta acoplar proclamas demagógicas (tipo
falta de oportunidades, necesidad, falta de integración, que si los de aquí
también cometen lo mismo, que si no es la solución etc…) y hay que respetarlas, cada uno tiene su visión.
Ahora bien, una cosa no va con la otra. Puede entenderse que se desarrollen programas de integración y de ayuda para mantener a quiénes necesitan, faltaría más, pero no puede entenderse que a un tipo que
se la haya detenido 30 veces siga aún tan tranquilo en la calle, haciendo de
las suyas, porque eso no lo entiende nadie, porque continuará haciendo daño. Y nadie
entiende que un Juez pueda, reflexivamente, enviar a personajes así a la calle,
porque sabe bien que volverá enseguida a saludarle de nuevo.
Todos
sabemos que la prisión preventiva se crea precisamente para liberar a la
colectividad, de forma inmediata, de quién no sabe comportarse dentro de ella. Y
sabemos que esta potestad le corresponde a estos señores que van de negro que,
digo yo, también tendrá su abuelete o su abuelita : no habrá que esperar a que se
reciba en lo propio para actuar de forma distinta, verdad ?, porque entonces
esto no sería justicia, sería capricho, arbitrariedad.
Y
tal vez quiénes dirigen y gobiernan el Poder Judicial, debieran analizar estas
situaciones y reflexionar al respecto. No estaría mal que nos dijeran qué
jueces son los que determinan estas situaciones esperpénticas ( aún recuerdo el
atracador de gasolineras que, tras atracar 43 veces, fue puesto en libertad a
las horas de ser detenido, con la queja pública, incluso, del viceconsejero de
justicia del gobierno).
Como
bien se dice en este artículo periodístico, aquellos servidores públicos, que
con su integridad defienden la integridad de todos nosotros, opinan que la
prisión preventiva tendría un triple efecto : «Demostrar al vecino que la
denuncia realmente logra el objetivo deseado, facilitar que el número de robos
descienda y que estos sujetos reduzcan su actividad ante la amenaza real de
cárcel, porque la realidad es que ahora se sienten impunes a nuestras
intervenciones».
Tal
vez los políticos que legislan debieran tomar cartas en el asunto, reformando
Normas y Códigos, para que esto no ocurra y para que los ciudadanos de a pie
podamos observar que determinadas conductas no salen gratis, que podamos sentir
la existencia de justicia y reparo para aquellos comportamientos que se desvían del
orden y la tranquilidad que nos hemos querido dar todos a nosotros mismos.
Tampoco
es tanto pedir, no?.
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